El mundo ha recibido la noticia de la muerte, del asesinato, del enemigo público número uno. Causante, confeso y reivindicado, de miles de muertes, ha recibido el único castigo que el gran hermano podía admitir: no era suficiente, ni mucho menos, una detención al uso (al uso de un cuerpo militar de élite que actúa en secreto en un estado extranjero), proceso judicial y condena; no era una posibilidad el encierro en una prisión de alta (máxima) seguridad en territorio nacional o en algún rincón de un estado caribeño donde poder aplicar normas ad hoc.
Era necesario matarlo. Esa era la única alternativa.
Y mientras tanto, desde nuestras casas, desde la paz de nuestros hogares, podemos plantearnos si es correcto. Si nuestra moral puede aceptarlo. Podemos hablar y escribir sobre las bases de la democracia, la presunción de inocencia, el proceso judicial, el derecho a la defensa… Y hasta sentirnos culpables por pensar, ni por un momento, que quizá el mundo sea un poco más libre y un poco más seguro sin él; por pensar, ni por un momento, que quizá las decenas, cientos de miles, de padres, madres, hijos, hijas, nietos, nietas, sobrinos, sobrinas, primos, primas, amigos, amigas… de sus víctimas descansarán ahora un poco más aliviadas de su dolor.
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