Dieciséis años de condena solicita el Fiscal para Fernando García, el padre de Miriam, una de las tres adolescentes brutalmente asesinadas en el desgraciadamente conocido “crimen de Alcàsser”,por un presunto delito de injurias y calumnias vertidas en un programa de televisión en la época en que se juzgaba el caso.
Como jurista, y una vez analizadas las declaraciones manifestadas (lo que no he hecho), podría llegar a explicarme la calificación de los hechos e incluso hacerlos encajar en algún tipo delictivo. Pero no me siento con ganas de realizar un análisis jurídico del asunto.
La brutalidad del crimen, lo inexplicable y abyecto de lo sucedido, lo execrable y terrible del hecho, me asaltó con tal fuerza en 1993, y me sigue asaltando hoy, que no puedo por más que escandalizarme, una vez más, de las extrañas consecuencias que arrastra. Aún hoy me tiembla la mano al escribir sobre el tema...
Es cierto que en aquélla época los medios de comunicación en general, la televisión el particular, jugaron un papel fundamental en la configuración de un circo mediático alrededor del triste caso, al que, sin lugar a dudas, arrastraron a un padre coraje, destrozado anímicamente, al que unos desalmados, que hasta hoy no han pagado su pena, rompieron su vida en mil pedazos (en 2005 la Audiencia Nacional hubo de reconocer un error en el permiso carcelario durante el cual el principal imputado, cuyo nombre no quiero ni recordar en esta reflexión, cometió los asesinatos). Fruto de ello fueron las declaraciones, posiblemente no acertadas, del ahora imputado y que hoy, quince años después, se van a juzgar.
Hubiese entendido (de hecho aún hoy no entiendo a qué responde que no se hiciera) que se procesara a diferentes responsables de los muchas cadenas de televisión que trataron el tema con tal falta de delicadeza, con tan poca profesionalidad ... con nauseabundo morbo... pero ¿al padre de una de las niñas?
Recuerdo no querer ver ninguno de los muchos programas de televisión que en aquella época se emitieron; recuerdo no querer leer las noticias en los diarios; recuerdo no querer oír hablar del asunto en la radio... pero , a pesar de todo, recuerdo noches de pesadillas imaginando la brutalidad, la angustia, la sinrazón ... No quiero volver ni a imaginar el calvario por el que esos padres han subsistido, que no vivido, estos últimos quince malditos años.
Creo, sinceramente, que se impone aplicar una ley superior, el sentido común, y un principio supremo, la comprensión.
Como jurista, y una vez analizadas las declaraciones manifestadas (lo que no he hecho), podría llegar a explicarme la calificación de los hechos e incluso hacerlos encajar en algún tipo delictivo. Pero no me siento con ganas de realizar un análisis jurídico del asunto.
La brutalidad del crimen, lo inexplicable y abyecto de lo sucedido, lo execrable y terrible del hecho, me asaltó con tal fuerza en 1993, y me sigue asaltando hoy, que no puedo por más que escandalizarme, una vez más, de las extrañas consecuencias que arrastra. Aún hoy me tiembla la mano al escribir sobre el tema...
Es cierto que en aquélla época los medios de comunicación en general, la televisión el particular, jugaron un papel fundamental en la configuración de un circo mediático alrededor del triste caso, al que, sin lugar a dudas, arrastraron a un padre coraje, destrozado anímicamente, al que unos desalmados, que hasta hoy no han pagado su pena, rompieron su vida en mil pedazos (en 2005 la Audiencia Nacional hubo de reconocer un error en el permiso carcelario durante el cual el principal imputado, cuyo nombre no quiero ni recordar en esta reflexión, cometió los asesinatos). Fruto de ello fueron las declaraciones, posiblemente no acertadas, del ahora imputado y que hoy, quince años después, se van a juzgar.
Hubiese entendido (de hecho aún hoy no entiendo a qué responde que no se hiciera) que se procesara a diferentes responsables de los muchas cadenas de televisión que trataron el tema con tal falta de delicadeza, con tan poca profesionalidad ... con nauseabundo morbo... pero ¿al padre de una de las niñas?
Recuerdo no querer ver ninguno de los muchos programas de televisión que en aquella época se emitieron; recuerdo no querer leer las noticias en los diarios; recuerdo no querer oír hablar del asunto en la radio... pero , a pesar de todo, recuerdo noches de pesadillas imaginando la brutalidad, la angustia, la sinrazón ... No quiero volver ni a imaginar el calvario por el que esos padres han subsistido, que no vivido, estos últimos quince malditos años.
Creo, sinceramente, que se impone aplicar una ley superior, el sentido común, y un principio supremo, la comprensión.